“La tinta utiliza el pincel cual si fuese su carne y hueso”

 Shen Hao

Es posible que toda investigación sea inútil, como quizá sea absurdo buscar con un pincel una caricia, el color de un pulso, la forma de un cuerpo entregado a su propio y solitario viaje.

Pero cómo negarse, a qué dios decir que no si las preguntas están ahí, incesantes, por mucho que uno las evite o las disfrace; cómo retraerse a indagar si el mismo  absurdo es la mejor invitación para la búsqueda, para intentar que, a fuerza de repetición o de coraje, el presente se quiebre y deje entrever algo detrás de la piel, de las sombras que acompañan inexplicablemente a un hombro, que lo alargan por las paredes blancas, o que anuncian que hombro y pared son la misma extraña cosa, eso que, sin explicación ninguna, fluye en medio de la nada.

No hay diferencia entre el investigador y el que, asomándose al  otro, lo contempla y lo pinta. Es cierto que se puede coger bloc y bolígrafo, rajar con un bisturí la delicada armadura que nos contiene, acercar el microscopio y describir, tras recorrer los infinitos parajes de la sangre, las trazas del material con que estamos construidos. Pero también es posible observar, sobre cualquier suelo, la frágil soledad con que un cuerpo sin nombre ni historia se abandona. Y entonces sustituir el bloc por un lienzo, el bolígrafo por un pincel y la razón por esa otra sustancia, invisible, ajena al tiempo o al recuerdo, que nos rodea y nos arrastra.

La anatomía primera es una metáfora de agua y de tierra; la arquitectura debe al adobe alguna de sus disposiciones primigenias ¿Hay disparidad entre el que delinea los edificios donde vivimos y quien pinta el armazón de huesos que nos sostiene? No, porque las dos investigaciones vienen a ser el mismo esbozo de respuesta.

Es por eso que existe un mantra de piel que los estudiosos del ello y los arquitectos del alma insisten en representar una y otra vez, como persiguiendo en la repetición la clave que abra una puerta al infinito. Una, dos, dieciséis veces las pesquisas del óleo manchándose de ti, de mí, de esas extraordinarias estructuras de pelo y epidermis que son, al mismo tiempo, lo que nos aísla y lo que nos hace parecidos.

F.M.