Tres palabras con las que mirar.

            (Quietud) Cualquiera que alguna vez haya tenido un pez muerto entre sus manos conoce la sensación que produce acercarse a un cuerpo frío. Hacía apenas un instante respiraba a sus anchas por el profundo azul, y aún en el olor a algas que desprende y en su mirada glacial se percibe su viaje majestuoso por la noche marina. Sin embargo, parece que ahora reina entre fantasmas. Su quietud amenaza de muerte las yemas de los dedos, y su sueño de plata nos interpela como cuando de chicos jugábamos a las estatuas: para llegar a la otra orilla abandónate a otro cuerpo igual de extraño que tú mismo.

(Sombras) Así se abandona a las sombras el pincel que investiga entre los ocres de la carne. No son estas las sombras enlutadas de la desdicha ni del paso del tiempo, sino las que proyecta la vela que alguien enciende durante una conversación entre amigos. Tal vez tienen algo de chinescas, como fragmentos vivos de naturalezas muertas que buscasen una y otra vez traspasar los límites de la piel. Igual que una manzana puede crear a veces un hermoso día veraniego y otras mostrarnos la ley de la gravedad, aquí las sombras parecen retorcerse en un escorzo de espalda hasta fingir una crucifixión o ensayar un acorde de siesta en la penumbra: diríamos que aquí el pan y el vino, el mantel y las frutas, el plato de pescado o la cabeza de yeso se han hecho carne.

(Exilio) El placer de pintar así inventa juegos solitarios, pensamientos que adoptan posturas silenciosas, toda una ceremonia de la ausencia, como un niño que abriese todas las puertas de una habitación vacía y se quedara en el umbral, mirando, solamente mirando, con la naturalidad de quien siempre ha habitado la desnudez de un pequeño exilio.

Pedro Tena.