Con la pintura a otra parte

Viendo caminar a Jesús Placencia a lo largo de estos años uno tiene la sensación de que a fuerza de ser alguien que se ha entregado al ejercicio de la pintura con una firmeza absoluta lo ha hecho de espaldas a una experiencia victimista o reivindicativa de la misma; ajeno incluso a cualquier estilo de militancia a la que, francamente, resulta difícil escapar cuando se pone en práctica un tipo de pintura como la suya. Nunca lo he escuchado reclamar un lugar en parte alguna. Sin embargo, se ha encargado de mostrarnos con regularidad su trabajo en un circuito ajeno al mercado dominante. Irónicamente, detrás de estos gestos – valga decir rigor ético – hay toda una declaración de principios, por muda o ágrafa que sea.

Esquivo a cualquier signo de infantilismo o deseo de rentabilidad inmediata, nunca se ha dejado seducir por la batalla de los soportes que ha servido para trasladar al terreno del arte una estructura piramidal donde lo único que cuenta es la hegemonía de un medio por encima del otro. Su visión horizontal del fenómeno podría hacer pensar en una inmersión seria en la Vanguardia histórica, tanto como en la tradición anterior cuando hablamos del soporte físico sobre el que el autor hace descansar su texto visual.Su presentación de los hechos aparece explícita en su obra para quienes quieran mirar dentro y más allá de la misma.

He asistido con enorme placer a su forma de pintar y de entender la pintura casi como a una ceremonia corporal; me he cobijado en múltiples ocasiones en su espacio de trabajo y ese es el mejor de los contactos que he tenido con sus lienzos, donde la experiencia olfativa que proporciona la pintura fresca – ah, la sabiduría del óleo – da una percepción del soporte que, una vez finalizado el proceso y con él el secado de la pintura, tiende a disiparse.

Sus superficies pictóricas hace tiempo que son fieles al retrato, al cuerpo desnudo entrelazado, al paisaje y a la naturaleza muerta. Creo, sin embargo, que las referencias al género que propone están descargadas de retórica, son útiles al servicio de lo que es, tal vez, lo más singular de su pintura: el trazado, la arquitectura interna de las obras, de tal modo que el tratamiento de la perspectiva, tan frío como sutil y desconcertante, no puede pasar desapercibido.

Paco Cao